La banca siempre gana

La banca siempre gana

La banca siempre ganaLa banca siempre gana.

Madrid, 18 de octubre. El Tribunal Supremo dicta una sentencia que obliga a los bancos a pagar el gasto de firma de hipoteca. Euforia generalizada…
O no tanto, porque significa que los bancos tienen que devolver unos 4.000 millones. Los bancos no sueltan el dinero tan fácilmente. Imagino la llamada indignada al ilustre Luis María Díez-Picazo, presidente de la Sala de lo Contencioso-Administrativo, y la inmediata reacción de éste como el perro fiel que acude a los pies de su amo cuando se lo ordena: “Mira cómo está cayendo la bolsa, esto no se puede permitir”.
El señor Luis María Díez-Picazo, al que le consiguió este puesto el Sr. Lesmes, es ante todo fiel a los suyos (que no son los textos legales).
Y la alegría por lo que la mayoría entendemos que es justicia, no ha durado ni 24 horas, porque el Tribunal Supremo se va a replantear la decisión.

El ínclito presidente decidió (como no podía ser de otro modo) dejar sin efecto, con carácter urgente, por su “enorme repercusión económica y social”. Un criterio, éste de la repercusión económica y social, evidentemente político y no jurídico, como se esperaría de un jurista de su prestigio (¿?).
Es decir: el Tribunal Supremo hace política a las órdenes de los bancos. Las extendidas sospechas en este sentido se confirman de la forma más abrupta.
De momento lo que ha montado el Sr. Díez-Picazo con su maniobra es una inseguridad jurídica sin precedentes y supongo que no es necesario recordar que, si por algo debe velar el poder judicial es precisamente por la seguridad jurídica. A día de hoy, un ejército de notarios, registradores, banqueros y bancarios no pueden asegurar quién debe pagar el impuesto.
¿Y qué podemos esperar de la reconsideración que tiene que hacer esta sala del Supremo?
Pues puede ratificar su sentencia (poco probable, después del toque de atención de los que tienen el dinero). En este caso, nos espera una década de dura travesía por los juzgados, de recurso en recurso, hasta que los bancos se vean obligados a devolver lo que se les manda.
Puede contradecirse, y sentenciar que ese dinero está bien donde está, y que el contribuyente tiene que conformarse con lo que hay, que “es el mercado, amigo” (como afirmó ese genio de la economía pepera, el Sr. Rato).
Y puede que se quede, aparentemente, a medio camino. Osea, que lo pasado, pasado está, que no se puede reclamar lo cobrado indebidamente, pero que a partir de ahora ya pagará el banco ese impuesto, en lugar de pagarlo el sufrido usuario.
Es la que veo más probable, porque pudiera ser la menos escandalosa, y porque además, así, de nuevo, LA BANCA GANA.
La banca gana, porque no se ve obligada a devolver ni un euro de lo cobrado indebidamente, y porque encontrará, con toda seguridad, un modo de repercutirlo sobre los sufridos ciudadanos que se atreven a pedir dinero a quien, al final, te lo va a quitar.
¿Y qué quedará de todo este escándalo? Pues la certeza de que la justicia no es igual para todos, que la división de poderes es una quimera si no se tiene en cuenta el poder máximo, que es el de los bancos.

Plácido Martínez - octubre 2018